marzo 19, 2008

FABULA DEL ETERNO VOTANTE

Estamos a pocas semanas de las elecciones generales. Como osos perezosos, nuestros queridos políticos se despiertan y salen de la madriguera después de su larga estación de hiberno, concretamente, cuatro años. En seguida se desperezan, abren los ojos y se sitúan al acecho de posibles predadores políticos, mientras buscan desesperadamente millones de hormigas con las que saciar su hambre electoral. Las “víctimas” se encuentran trabajando en una cadena interminablemente desordenada, sin aparente sintonía entre ellas y sin ningún tipo de armonía. El perezoso se acerca, le gustan las hormigas. Su dieta se basa en insectos de todo tipo, más grandes, más pequeños, no importa, tiene mucha hambre.

Como si de Gulliver para los liliputienses se tratase, las hormigas ven una descomunal silueta a lo lejos que se acerca lentamente. Camina rechoncha, poco armoniosa, muy despacio, pues sabe que a estas no les dará tiempo a esconderse ni a ponerse de acuerdo para iniciar una evacuación ordenada hacia el interior del hormiguero.

El perezoso mira a su alrededor y divisa a su hermano de camada, lo que se suponía un festín, se tendrá que quedar en un pequeño piscolabis. O no. Los dos hermanos sabían que las hormigas estaban ahí, sabían cómo iban a actuar y sabían que uno, otro o los dos, se las iban a acabar comiendo. Instintivamente, nuestro perezoso lanza una cuchillada furtiva con sus pequeñas garras contra el recién llegado. Desgraciada y desafortunadamente, éste, decide responderle con otra aún más violenta que roza la sien del animal. Se enzarzan en una pelea interminable, en un devenir de golpes directos que sólo les perjudican a ellos. La sangre tibia corre por la maleza.

Las hormigas, por su parte, toman, también desafortunadamente, una actitud distinta. Han picado el anzuelo. Prefieren ser espectadoras de una buena pelea que huir mientras pueden. Son la mujer de Lot que mira atrás en la destrucción de Sodoma y se convierte en sal, el gato que muere por curiosidad.

De repente los zarpazos cesan. Los hermanos osos entablan una conversación amistosa de espaldas a las hormigas. Deciden, por amplia mayoría, repartirse el vituperio antes que dejarse la piel en los helados montes esteparios. Se acercan a las hormigas y simulan un nuevo espectáculo, esta vez teatral, cordial. Al fin de este, las pequeñas trabajadoras aplauden fervorosamente.

Se producen altercados en las gradas, una hormiga ha insultado a otra por criticar el papel de nuestro amigo oso y las distintas facciones hormiguescas se enzarzan en una tángana de muy señor mío. Apenas hacen ruido, millones de hormigas pegándose desmesuradamente forman un montón de cincuenta centímetros, como si de una pelea de Astérix se tratase. Mientras, los osos observan con mirada irónica el incidente. El menor de ellos se dispone a hablar.


Las calma, las tranquiliza. Les dice que no vale la pena pelear con tu hermano si los dos podéis quedar satisfechos. La sonrisa de los dos osos hace que las hormigas se den cuenta del percal y alguna empieza a correr sin mirar atrás, pero ya es tarde. Entendiéndolo, ninguna se resiste. Los osos sacan la lengua y las hormigas, gregarias, entran en procesión con la cabeza gacha a sus bocas. Todo ha acabado, el perezoso consigue su objetivo. Está saciado, ha comido más que su hermano, su familia se alegrará de que haya cumplido su misión y dormirá tranquilamente otros cuatro años.

De camino a la madriguera, le sorprende un lobo que aparece en mitad del camino de forma fantasmal. Se le hiela la sangre, no puede mover ni un músculo, tiene mucho miedo, el mismo miedo que tuvieron las hormigas, todo está perdido. El lobo se aproxima a toda velocidad hacia el ahora pequeño cuerpo del perezoso. El oso abre los ojos y se ve reflejado en los de la bestia. Están a menos de diez centímetros. Cuando parece que en pocos segundos todo acabará, el lobo abre la boca para hablar. La pregunta era la menos previsible.

“¿Dónde hay más hormigas?”, dice el lobo con voz ronca. El perezoso, aun temblando, levanta su pata y señala con la garra el lugar de donde proviene. Sin mediar palabra, el lobo arranca al galope hacia esa dirección. Solo desde la lejanía se gira y dice: “Algún día vendré a por ti”.

El oso siente una sensación caliente bajando por sus patas traseras y, sin pararse a mirar, corre como alma que lleva al diablo en busca de su familia. “Todo en calma, todo tranquilo”, piensa el oso, “hasta dentro de cuatro años no tendré que volver a buscar hormigas y para entonces, el lobo ya se habrá olvidado de mí. De todas formas, más vale llevarse bien con él y decirle siempre dónde están las hormigas”.

Mientras, en el hormiguero, una nueva generación de hormigas sale por el agujero en un borboteo constante, como si la tierra las escupiera recién hechas, negras, relucientes. No saben lo que les ha ocurrido a sus padres pero les da igual, se ponen a trabajar poseídas por el espíritu de supervivencia que poseen, algún día vendrán a por ellas y, aunque los más viejos del lugar les adviertan, acabarán entrando humilladas a las bocas de los perezosos, es ley de vida.

Moraleja: señores votantes, corran mientras puedan y no miren atrás. Y si deciden quedarse, postura valiente pero sin duda alocada, no aplaudan a uno o a otro, que se aplaudan solos.

“No siento ni el más mínimo deseo de jugar
en un mundo en el que todos hacen trampas”.
(F. Mauriac)

- J. MARTÍN FRÉGOLA MUR -

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