bonito que una pluma destapada encima de un papel completamente en blanco.
Escríbeme. No hay tipo que no se haya acercado alguna vez a un escritorio en el que
hay una estilográfica y un papel y no haya experimentado una sensación de curiosidad.
Una curiosidad peculiar. Cuando me acerco yo, cojo primero la pluma. La examino: por
arriba, por abajo, de perfil, incluso me permito el lujo de acercármela al oído y batirla
levemente para comprobar qué tipo de fluido hay dentro, como haría el chimpancé del
Congo más profundo. Luego observo el folio.
Cuando compras un paquete de folios, al igual que ellos, no sabes a lo que te expones.
Nunca sabrás si dentro del mismo habrá uno, dos o tres, destinados al éxito, al nivel
que sea. ¿Sabía Darwin que en aquellos papeles de todos los tamaños, desordenados,
iban a escribirse las claves de la evolución?, ¿sabía Cervantes que esa cuartilla en la
que las primeras palabras eran En un lugar de la Mancha… se iba a convertir, junto con
los que le seguían, en la novela en castellano más universal de todos los tiempos?,
¿sabía Einstein que sus últimos folios, los que ya no quiere nadie, se iban a llenar de
fórmulas matemáticas que diesen solución a milenios de investigación? Yo creo que no,
por eso he decidido no subestimar nunca ni el más mínimo trozo de papel que tenga
entre mis manos, inclusive el sobre de azúcar de la cafetería.
Pero volvamos a la pluma y el folio. Juntos acojonan mucho más que por separado.
Individualmente, la pluma amenaza con encontrar una superficie que tintar, cual
mosquito en busca de sangre, mientras que el folio, como esa diva que baja las
escaleras con zapatos de tacón y guantes hasta el codo, deslizándose con suavidad, se
desmaya cayendo lentamente de la mesa en la que está. Quiere que te fijes en él, que
te des prisa en buscarle una pluma con la que empezar a hacer grandes cosas.
Y llega el momento. Una fecha, un nombre, un adjetivo, un verbo, ¡incluso un número!,
todo vale. El primer contacto es fundamental, todo dependerá de la calidad de la pluma
para que el trazo inaugural sea satisfactorio. Y en este caso, lo es. Y te das vida. Y
venga. La pluma se desliza por la superficie inmaculada, sabedora de que nadie puede
con ella. Los alemanes (siempre ellos) la han diseñado para recorrer kilómetros ni
repostar, para subir eles y bajar jotas sin inmutarse, para llegar al final de la línea con
ganas ya (si el conductor quiere y puede) de empezar la siguiente. Zas- zis- shissshass-
jjjm- jjjam- y toc (el punto).
El folio, por su parte, se deja hacer, el niño que la madre viste. Antes de que se dé
cuenta, probablemente, la pluma ya habrá escrito su cara de delante. Es entonces
cuando el folio es consciente por primera vez de que ya ha pasado casi toda su vida,
consciente de que sólo le queda media, o, visto de otra forma, casi toda, nunca se sabe
si la cara de atrás será mejor. Lejos quedaban los tiempos de esa fecha y de ese
Querida mamá del principio. Y mientras piensa eso, la punta de la pluma se dispone a
enfilar decidida la última línea, tu hijo que te quiere.
El folio ve su final, ha cumplido su cometido, tendrá que luchar contra los elementos y
contra el temido olvido del cajón, ahora, más allá de a quién vaya dirigido, tiene una
historia que contar a lo largo del tiempo. Pero, algo pasa. Encima suyo acaban de
colocar uno igual que él, uno que le cubre por todos los sitios, uno que todavía está en
blanco, que no sabe quién es, que no sabe hablar, está en su más tierna infancia.
Pronto, nuestro folio nota de nuevo la presión de la pluma, esta vez, aunque
lejanamente, le es suficiente para entender la grafía, un abrazo.
En cuanto es escrito, la pluma le transmite su sabiduría y ya entiende todo. Los folios se
hacen amigos, ya hay un compañero con quien viajar. Han quedado unidos y lo más
seguro es que compartan el mismo sobre, el uno no tendrá sentido sin el otro o por lo
menos, alguno de los dos parecerá incompleto sin presentarse junto a su compañero.
La pluma, exhausta, descansa, ahora tapada, al calor de la luz del flexo. Magnífica
compañera, piensa el escritor. Ella, que tiene los ojos en la patilla para agarrar, hace un
guiño y sonríe queriendo decir: “un placer, hasta otra, ahí estaré yo cuando no haya
manera de escribir la primera palabra o dos palabras seguidas con sentido”.
Sé que les resulta difícil, como a mí, comprender el arte contemporáneo. Yo les
propongo una cosa, si quieren ser unos artistas y poseer una gran colección de obras
de arte en su casa por un módico precio, enmarquen su pluma más antigua, esa que
pide a gritos la jubilación, con cualquier folio, a poder ser, y para darse ese festín de
soberbia y erudición artística ya que estamos, de color sepia, tostado por los años. Les
aseguro que no existe mejor homenaje a los útiles que le han servido al ser humano
para transmitir lo que otros pensaron en algún lugar del tiempo.
Y lo dice un traidor que está apretando teclas.
Otro día prometo hablarles de otro de los grandes placeres del hombre, incluso mayor
que el placer que se experimenta al empezar un folio, uno de estos placeres míos que
son demasiado baratos como para que tengan la categoría de placer. Es el que se
produce cuando teniendo sed justa, ni mucha ni poca, te dispones a beber un vaso casi
a rebosar de agua a temperatura perfecta, ni fría ni caliente, el agua más clara que te
puedas imaginar. Y ves el vaso. Y te acercas. Merodeas. Nadie te lo puede quitar. Es
tuyo. Y abres la boca. Y glú- glú. Y después…
Nota: El uso de los nombres papel y pluma ha sido elegido simplemente por
considerarse unos clásicos dentro del sector que aúnan distintas características
comunes a todos los útiles de papelería. No se sientan discriminados el Sindicato de
bolis bics ni la Cofradía de los tacos de notas.
- J. MARTÍN FRÉGOLA MUR -

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