y volvería a escribir. Se sentó sobre la cama y empezó a pensar qué contar para
que no pareciese que era de ella misma de la que hablaba.
Historias tenía miles encerradas en su mente. El problema era que ninguna de
ellas podía tener significado para los que no las habían vivido. Puede parecer
simple. Que los errores sean de otros y no de ellos mismos. Pero cuando cogía su
alma, la abría y la traspasaba al papel, algo la llenaba profundamente.
Y sin embargo se nubló el día y no volvió a mirar esos cuadernos, por no
recordar lo mucho que había ganado de esos momentos hasta aquel día.
“Gracias”, decía, por las personas que la inspiraron, por los tres escritos que,
rodeada de amor, escribió, magníficos, pensando en quien la voluntad y el ánimo
le daba. Pero sin darse cuenta, el tema siempre era el mismo, de distintas formas,
en distintos sentidos, era el brillante Sol el que la iluminaba y el que también
iluminaba su mundo.
Llovía y llovía, la gente entró y salió, pero ahora sólo lamentaba haber perdido a
tres personas más o menos importantes, no podía escribir acerca de ello. Ni
siquiera ella misma sabía por qué había de ansiar tanto amor cuando no lo
necesitaba. Volvió a mirar el cuaderno, vacío, lleno de vida, de sentimientos por
transcribir desde su corazón.
Y de sus ojos azules brotaron las lágrimas que la lluvia se llevaba con la tristeza
de la más pura decepción. La decepción de ver que a lo mejor nadie ya sería su
inspiración, de que lo que nació como un consejo se convirtió en su única salida,
en el modo de vencer, caer, morir, sonreír, vivir y amar.
Si algo movía su mundo literario era el de la esperanza, el saber que ella podría
abrir una puerta y traspasarla: “Que la gente se divierta”, pensaba, “yo amo ya
suficiente”, “quiero mi Cielo que es mi propio Infierno”.
Ni un gesto puede hacerle escribir algo, ninguna otra mirada, ninguna otra
persona, ningún otro sentimiento. Y esos tres cuadernos se quedaron en
el olvido. Tal vez porque nunca jamás volvieron a confiar en su talento,
como alguien hizo un día.
- A. GALÁN -

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