bastón, silbando y cantando a su son. El día amaneció repleto de buenas noticias y, puesto que
su alegría era infinita, qué mejor que disfrutar de un habano genuino. Después de adquirir sus
preciados “Romeo y Julieta” y una buena botella de ron cubano, se dirigió hacia su casa.
Satisfecho, mostrando una sonrisa bonachona en su rechoncha cara, se apoltronó en su viejo
sofá de cuero raído, frente al televisor, habiendo seleccionado una de sus películas favoritas.
Después de su propia ceremonia para cortar el puro, Don Papito extrae placenteramente una
cerilla para que comience el disfrute, lentamente se enciende, aspirando poco a poco. Ya nota
el humo en su boca, ese sabor inconfundible de felicidad, el mundo se ha parado más allá de
Don Papito y su puro. Pero sin previo aviso, la felicidad de derrumba. Lo abandona en el
mismo instante en el que cientos de sirenas bajo su ventana lo alarman de que algo pasa. En
ese mismo instante, por ventanas y puertas se cuelan negras figuras enmascaradas, todas ellas
armadas y gritando órdenes. Don Papito no sabe qué está ocurriendo, pero una de las figuras
le obliga a levantar las manos. Temblando obedece. Unas pocas órdenes después se ve
obligado a tirar al suelo su preciado puro y lo separan de él con brusquedad.
El habano, a merced de los enmascarados, parece temblar sabiendo cuál es su destino. Un
desgarbado se acerca tembloroso, de su acción depende el éxito de la operación. Inseguro y
sudando por cada poro de su piel alcanza al humeante sospechoso, lo rodea, tantea el terreno,
está muy cerca, y con un rápido movimiento lo ahoga, vierte un vaso de agua que apaga todo
rastro de la felicidad de Don Papito, que desconsolado llora acurrucado en una esquina.
Y así quedan los restos de su preciado amigo, ahora proscrito, machacados sobre el suelo, sin
vida, y la alegría que lo había invadido desaparece para siempre. Don Papito pasó el resto de
sus días en un centro de rehabilitación para fumadores, se intentó reinsertarlo en la sociedad
pero nunca pudo ser el mismo y, del mismo modo que otros fumadores, sufrió la ira de
aquellos intolerantes y de sus “malos humos”.
- L. A. GUERRERO -

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