apetitosa boca, lo hacía con un brillo especial en los ojos, a veces se tocaba el pelo con mucha
elegancia o se mordía el labio insinuantemente... ella sostenía un cigarro con la mano derecha
muy elegantemente, fumaba como una aristócrata acostumbrada y creída... pero me gustaba.
Yo por el contrario, mientras me enamoraba de sus movimientos y de su voz, sostenía un
cubata de vodka negro con naranja.
Estuvimos bebiendo y hablando durante unas dos horas y nuestros amigos se dieron cuenta de
que nos gustábamos, así que con mucha prudencia, se despidieron de nosotros y abandonaron
la casa con una estúpida sonrisita dibujada en sus labios. Yo les dije que acompañaría a Lorena
más tarde a su casa, aunque mi intención era que pasásemos la noche juntos, naturalmente si
ella accedía. Así pues, nuestros amigos nos dejaron solos... con la bebida, los cigarrillos, la
mesa desordenada y la excitación que desprendían nuestros jóvenes cuerpos.
Estaba tan paralizado que no podía pronunciar ni una sola palabra, no dejaba de beber,
agitaba el vaso y escuchaba cómo chocaban los hielos con el cristal, produciendo ese sonido
tan quebradizo. Para camuflar mi nerviosismo, bebí rabiosamente hasta que dejé de sentir el
cálido tacto del alcohol deslizándose por mi garganta. Mi visión se ralentizaba cuando giraba
la cabeza... sin duda estaba bebido, pero consciente aún de todo lo que me rodeaba. Cuando
fui a decir algo para quebrar ese silencio tan incómodo, que sin duda precedía al súmmum del
placer, cuando ya tenía la boca entreabierta, ella me calló y me calmó con un beso... un beso
largo, muy largo, pero también cálido y dulce, un beso con el que pude deleitarme de su
fresca y húmeda boca. De repente se levantó, sin duda con ganas de jugar, pensé, se tiró en el
Puff que tenía cerca de la mesa y me hizo un gesto con su dedo índice.
Me levanté como pude mientras ella se reía de mi estado, pero cuando me abalancé sobre ella
y comencé a besarla, mientras acariciaba sus piernas... fue entonces cuando su rostro cambió
completamente, se puso pálida en un instante, a la vez que lanzó un grito aterrador, casi pude
notar sus helados labios. Me asusté tanto que caí al suelo. Pensaba que se había atemorizado
por ir demasiado deprisa, pero no era eso. Comenzó a chillar y a patalear, gritaba y me pedía
ayuda, quería levantarse pero no podía, la cogí de un brazo y la empujé hacia mí, pero ni yo
mismo pude levantarla. En apenas unos segundos, Lorena comenzó a proferir unos gritos que
hicieron retumbar toda la casa, unos gritos que me despellejaron el alma, eran terribles,
heladores. Parecía que por momentos, Lorena estaba cada vez más y más hundida en el Puff y
cuando me quise dar cuenta, tan sólo asomaba su cabeza, que sin dejar de llorar y de gritar,
acabó desapareciendo dentro de esa horrible bola de color rojo.
Incrédulo de tan imposible suceso, cogí un cuchillo de la mesa y rajé por entero el Puff, pero
allí no estaba Lorena, allí no había nada, ni nadie. Pasaron dos días en los que no me moví de
aquel esperpéntico escenario. Mis amigos llamaron para preguntar por Lorena y yo les dije la
verdad, pero no me creyeron. Un día después vino la policía hasta mi casa y se encontraron
todo tal y como quedó aquella terrible noche. También vieron el Puff hecho trizas y el cuchillo
tirado en el suelo. Me condujeron al calabozo y me interrogaron sobre lo sucedido mientras
me aplastaban la cabeza contra la mesa del interrogatorio, yo no hice más que volver a decir la
verdad. Ahora, ustedes vuelven a preguntarme en este Juicio por lo que sucedió y yo vuelvo a
repetiros que fue el Puff quien se tragó a Lorena, entre suspiro y suspiro…
- MURILLO DE LA VEGA -

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